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Dante Sánchez y Angélica Avalos el Sábado 28 en MILONGA10

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… entendidos afirman que el Tango nació en Villa Crespo…

Villa Crespo: tu cuna fue un conventillo

Cuando los inmigrantes poblaban el país, numerosos judíos abrieron sus valijas en Villa Crespo, un barrio precedido por la leyenda, que creció a fuerza de tango, fútbol y conventillos. Y fogoneado por el brillo de hijos dilectos, como Paquita Bernardo y Celedonio Flores, Leopoldo Marechal y Osvaldo Pugliese.

Todo álbum de la memoria guarda alguna leyenda. El de Villa Crespo tiene la suya: la Maldonado. La mujer cuyo nombre legó al arroyo que daba topetazos de rabia contra las paredes precarias del barrio, asentado en sus orillas a fines del siglo diecinueve. Todavía hoy, el fantasma de la mujer afloja el tiento de cuero amarrado al cuello de un puma y el animal hunde su cabeza en un charco de sombras. Los ojos rasgados de la Maldonado se dejan ir con el humo de una locomotora que cruza lejos. Es “el tren de los muertos” que traquetea por las tierras solas rumbo al cementerio de la Chacarita, con una montaña de víctimas de la fiebre amarilla. La Maldonado llegó en el tiempo de la Conquista del brazo de Pedro de Mendoza y quizá, por un desencuentro amoroso, fue amarrada en la ribera del arroyo al tronco de un sauce. A punto de morir de hambre, la salvó el puma devolviéndole un antiguo favor y a partir de allí anduvieron luz y sombra, carne y uña, letra y música.

Cuando la Maldonado se hizo leyenda y el puma huesos, empezó a crecer gente en la tierra pantanosa y apareció la República de Villa Crespo. Fue en 1888 —justo el año en que en el mundo parían las madres de Alberto Vaccarezza, T.S. Eliot, Ramón Gómez de la Serna y Fernando Pessoa— que un grupo de mirones aplaudió alborozado y el intendente de Buenos Aires, Antonio Crespo, cortó la cinta de colores dejando inauguradas la Fábrica Nacional de Calzado y una curtiembre.

A partir de allí se levantaron, alrededor de los centros fabriles, las viviendas colectivas donde los trabajadores vivirían hacinados con su familia. Hizo su aparición el conventillo. El más famoso: El Nacional, también llamado “de la puñalada”, que pasó al sainete en 1929 de la mano de Vaccarezza como El conventillo de La Paloma, logrando más de mil representaciones seguidas. Este autor —que apenas unos años atrás había escrito, junto a Carlos M. Pacheco, la obra El arroyo Maldonado— fue un cultor de la letra de tango y de la poesía lunfarda. Destacan entre otras de sus piezas: Araca corazón, La copa del olvido y Tu cuna fue un conventillo.

Excepcional remate

Corre el año 1888. Por estos lares comienza a sonar un tango que se imanta de un silbo a otro: Dame a lata. La Maldonado, semioculta entre los sauces llorones de la ribera del arroyo, observa un tanto extrañada el edificio de la Fábrica de Calzado.

Según los historiadores —uno de los principales Diego A. del Pino, autor de El barrio de Villa Crespo—, la iniciativa corrió a cargo de una persona con nombre de redentor: Salvador Benedit, gerente de la fábrica. El arroyo —un zanjón de 500 metros de ancho— era para muchos suerte y desgracia. Un importante establecimiento, que originalmente estaba en Plaza de Mayo, iba a instalarse allí ante la posibilidad de arrojar sus desechos industriales. Oportunidad de trabajo, sí, pero siempre el carácter irascible del arroyo que se desbordaba con las lluvias e inundaba todo.

El fraccionamiento de tierras se realiza hacia 1886. La ciudad se expandía con grandes ademanes que iban detrás de palabras como “proyectar”, “construir” y “poblar”. La urbanización comienza con el loteo y los encabezados de los avisos gritan: “¡Remate excepcional!” y “¡Oportunidad brillante!”. Los terrenos, pagaderos en cuotas, están ubicados en las cercanías de las fábricas de tejidos, calzado, curtiembre, licores y confites. Una de las publicidades guiña el ojo y farfulla de costado: “barrio que tiene vida propia con adoquinado, tramways y gas”. Ya en 1889 —señala Diego del Pino— “Corrientes estaba adoquinada y Canning, empedrada”, en referencia al cruce de esas calles que marcaba el centro mismo del barrio.

La pelota está en el aire y un grupo de muchachos funda un club de fútbol, Atlanta, y explora con minucia los potreros donde colocar los arcos. El cauce del arroyo está cruzado por puentes fugaces, algunos oscilantes de madera, otros de cemento. La Maldonado recorre la tierra agrietada y ve, sin que la vean, vagabundos calentando mate cocido en una lata, chiquilines iniciando una guerra de piedras, la mirada de enamorados furtivos y, en el aire, un barrilete de pecho inflamado.

Y en el trasfondo del país predestinado, que reclama para sí un futuro grandioso, las protestas obreras son calladas a palos. La necesidad de mano de obra provoca un aluvión inmigratorio —de 1880 a 1914 llegan más de 3 millones de extranjeros que, al filo de la fecha última, conforman un tercio del total de la población del país— con el deslizamiento de las ideas libertarias. Los conventillos apilan gente y la gente rumia su bronca y pasa de mano en mano los periódicos que hablan de reivindicaciones obreras, socialismo y anarquismo. La Argentina que exporta cereales y comercializa carne congelada, necesita vías ferroviarias y puertos. Desarrollo y orden, parece ser la fórmula que desoyen los obreros. Ese 1888, año de fundación de Villa Crespo, coincide con el inicio de las grandes huelgas. Está en el país un renombrado líder anarquista, el electricista Enrico Malatesta, y en 1890 se realiza la primera celebración del Primero de Mayo. Por las calles del barrio van a pasar corriendo, tiempo después, los perseguidos de la Semana Trágica.

Los inmigrantes, que constituían en ese tiempo el 50 por ciento de la población de Buenos Aires, llegaban principalmente de Italia y España, pero una cantidad adicional arriba del imperio otomano, del imperio austrohúngaro y de Europa Oriental. Entre éstos, un gran porcentaje de judíos abren sus valijas en Villa Crespo, ese barrio que muchos años después habría de sintetizar Juan Gelman —poeta nacido en sus calles— refiriéndose a un país Babel: “latinoeurocosmopoliurbano/criollojudiopolaco-galleguisitanoira”. En 1889, a los 1500 judíos residentes en el país, se suma un número superior a los 800 llegados de Rusia en el vapor Wesser.

Todo arrabal es sur

Mil ochocientos ochenta y ocho es el año en que dan a luz las madres de Pascual Contursi, Giuseppe Ungaretti, Katherine Mansfield y el autor de Milonguita, Samuel Linnig. El barrio es un camino en posición de descanso. Puede armarse lentamente entre un vamos y un puedo, entre un puedo y un quiero. Zona nacida en esa línea de tango —”paredón y después”— que instala un umbral en el imaginario de una llanura interminable. En ese “después” caben todos los arrabales inventados o reales, baldíos del sueño y lodazales de la realidad. Cabe ese Villa Crespo sumergido en barrizales y diseminado en el aire de los potreros ubicados entre el mercado de Abasto y el cementerio de la Chacarita, que fue haciendo pie entre una Buenos Aires con rango de capital y la avalancha inmigratoria.

Porque el arrabal puede estar en cualquier parte. Eso mismo quiso decir Homero Manzi (que no fue de ningún barrio porteño, sino santiagueño), cuando se refirió a un “Sur” —según Horacio Salas— “mítico, irrecuperable y sin embargo compartido”, el mismo que para el Borges de El idioma de los argentinos era apenas una idea, nunca un lugar preciso.

Ese “después”, que lleva implícito “lo de más allá”, da noción de suburbio y también, en otra dirección, remite a futuro, ya que instala una secuencia: “después” es lo que viene más adelante, algo así como el porvenir. Espacio y tiempo en un solo término que designa lo que habita más allá de la frontera. Precisamente en esa nebulosa se fue perfilando la identidad de un Villa Crespo trabajado a mano.

Es sabido que todo barrio para adquirir tal condición debe pasar por ciertos ritos fundacionales; fue así que Villa Crespo, más que edificado fue creado. Y lo fue a través de un número indefinido de labores menudas y quehaceres de manos anónimas. También podría decirse que fue bordado con los zapatos lustrosos que le sacaban punta al tango en cada esquina y con el hilo dorado de los silbadores. Luego, ya con rango de barrio, muestra ufano una galería de personajes célebres: Paquita Bernardo y Celedonio Flores, Leopoldo Marechal y Osvaldo Pugliese.

En el centro de la memoria está la Maldonado; una venganza en forma de creciente y un puma que hunde su cabeza en el charco de agua donde se revuelven los rostros de La Paloma y Paquita Bernardo. Una, los ojos radiantes que derribaban sombras agazapadas en los rincones del inquilinato; la otra, una bandoneonista, la primera mujer que dirigió una orquesta de tango. En tanto, por las calles deambulan dos adolescentes. El que apodan “Chicharra” consiguió un trabajo de pianista en el cine Andes por 40 pesos; el otro —”el Negro”— anota en las paredes siempre el mismo grafitti: “ahora te llaman Margot”.

Son Pugliese y Flores, y van a empujar un ritmo y una dicción inconfundibles. El primero debuta casi con pantalones cortos en el café La Chancha y su primer tango escrito a los 19 años, Recuerdo, preanuncia lo que vendría después; un rumbo decareano y una obra sostenida que tiene su clásico: La Yumba. De su lado, el “Negro” Cele, también adolescente, da un paso fundamental. Gana el concurso del diario Ultima Hora. Los versos de su texto titulados Por la pinta, llaman la atención de Gardel quien se encarga de la música, lo graba y lo rebautiza como Margot. El barrio queda retratado en sus libros —Chapaleando barro y Cuando pasa el organito— y en numerosos tangos en los que, con tono de crónica, acabó desbaratando una de las recurrencias del ser porteño: la zanahoria del “éxito” en el frasco grande de un supuesto destino personal extraordinario. Entre otras líneas, Flores escribió: “en tu esquina rea cualquier cacatúa/ sueña con la pinta de Carlos Gardel”. Algunos entendidos afirman que el tango nació en Villa Crespo y, de hecho, el barrio está íntimamente unido a la comunidad judía; lo que presupone una vinculación directa entre los judíos y la música ciudadana. Baste extraer de una lista numerosa los nombres de un par de artistas de ese origen que integraron importantes agrupaciones orquestales. Son los destacados violinistas Samuel y Jacobo Dojman, hermanos nacidos expresamente en Villa Crespo y que tocaron con José Basso y Juan D”Arienzo (Samuel) y con Pedro Laurenz y Horacio Salgán (Jacobo).

La Maldonado lleva zapatos rojos de taco y medias negras caladas; el puma es un milonguero que taladra el piso lustroso de madera con boleo y quebrada. Bailan en medio de una polvareda, un potrero gigante donde, en un rato más, serán ovacionados los Bohemios. Contra el alambrado, alguien recuerda que en esta zona, además de Atlanta, levantaron alguna vez su carpa otros clubes como Chacarita y Argentinos Juniors (se llamó Argentinos Unidos de Villa Crespo).

Alrededor de esos y otros temas —el tango, la política— se alza una cortina de murmullos; es que Villa Crespo fue y es terreno apto para el cultivo de la charla fluida y el encuentro, de ahí sus bares legendarios: el Venturita, La Glorieta, el Trianón, Bar Argentino, Tarzán y, uno que todavía pervive, el San Bernardo. En el recuerdo de estas mesas se ubica el pintor Raúl Soldi enmarañado en la escenografía de una película; pero también el rostro agitado del Adán Buenosayres de Marechal frente al Cristo de la Mano Rota, y el poeta Luis Luchi estampando en su libreta una semblanza: “juan b. justo era el arroyo maldonado (y) alumbrado y barrido era el progreso”. Por Canning —llamada alguna vez La Calle Larga del Ministro Inglés, por el paso repetido de un funcionario de Gran Bretaña— avanza el editor y librero Manuel Gleizer, conversando animadamente con su empleado, el poeta César Tiempo.

Hoy, el bullicioso café San Bernardo sigue en pie con su batería de billares y la infaltable foto de Gardel; muy cerca de allí el busto —enrejado— del maestro Pugliese y un enorme mural en el que conviven figuras de los inmigrantes con Paquita Bernardo, versos de Vaccarezza con un cartel de la curtiembre La Federal.

El actor Max Berliner, llegado de Polonia cuando no cumplía los dos años, habla con orgullo de un barrio que se distingue por poseer “una increíble vida propia”, aunque añora los tiempos en que funcionaban cines locales como el Villa Crespo, donde podía ver películas y episodios que continuaban, o el café concert Paley. Insiste Berliner en abrir una casa de la cultura que reúna las actividades creativas de todas las comunidades de un lugar que, explica, tuvo sucesivas transformaciones: “El Villa Crespo de mi juventud era de casas bajas, sin edificios. De 1925 a los años 60, muchos judíos con comercios en el Once se radicaban aquí, mientras que los que tenían negocios aquí, iban a vivir a Belgrano. Por los 60 se levantó el primer edificio, una galería comercial llamada Galecor. A partir de esos años se fueron cerrando negocios, sobre todo de telas, de hilados, y aparecieron las edificaciones altas. Desde los 90 Canning es una calle muerta y Malabia se conviritió en una calle comercial, chic.” Hace dos años, Villa Crespo celebró su centenario siempre con el trazo particular de su cosmopolitismo. En las últimas décadas, esta pluralidad que reúne armenios y judíos, griegos y siriolibaneses, se ha visto ensanchada con la presencia de coreanos, taiwaneses, japoneses y chinos. Los cambios acelerados han provocado el pasmo de muchos. Ya en un lejano 1929, Celedonio Flores alzaba la voz para decir “¡Muchachos, el barrio cómo está cambiado!/ Ya no es la sombra del que yo dejé./ También el progreso, ¡qué biaba le ha dado!”. Pero algunos vecinos no están tan seguros de que en las transformaciones haya tenido que ver ese progreso. Y viven el desconcierto de que un pedazo de tierra, que fuera poblado por inmigrantes alrededor de centros de trabajo, vaya hoy perdiendo su fisonomía a medida que crece la desocupación.

Lo paradójico, además, ese “después” hecho de un “antes”, apoyado en el brillo de lo que pasó. Así, la memoria es la madre del barrio. La palabra del tango de Manzi quedó en postergación. Fue un modo de nombrar una periferia y una promesa. Un “después” que no llegó y una palabra que muchos políticos vaciaron de sentido. Mientras tanto, algunos resisten. Co mo esos habitués del bar San Bernardo, día a día enfrascados en charlas y partidas de dominó, siempre apacibles, con la serenidad de aquellos que comparten, al fondo de una pasada juventud, un mismo barrio, inalterable.

JORGE BOCCANERA. Escritor.
Fuente: http://edant.clarin.com/suplementos/zona/2001/02/04/z-00615.htm

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